Ambos emigraron siendo muy jóvenes a Bélgica en busca de oportunidades: mi abuela, natural de Cangas de Onís, y mi abuelo, de Llanes. Fue allí donde, contra todo pronóstico, se conocieron, se enamoraron y comenzaron su proyecto de vida en común.
Durante los años que vivieron en el extranjero llegaron a gestionar un pequeño ultramarinos y bar, pero decidieron regresar a Asturias junto a sus hijos para emprender en su tierra.
A su vuelta, fundaron el bar Rocamar, que durante toda su vida se convirtió en un punto de encuentro para vecinos y visitantes, atendido siempre con cercanía, hospitalidad y trato familiar.
Yo me crié prácticamente dentro de ese bar. Allí aprendí desde muy pequeña lo que significa atender a la gente, estar pendiente de los demás y cuidar cada detalle, algo que hoy en día sigue siendo la base de nuestro proyecto.
Cuando compramos los apartamentos y tuvimos claro que el nombre debía rendir homenaje a aquel negocio que marcó nuestras vidas. “Rocamar” hace también referencia a nuestros orígenes y a la conexión con el mar, muy presentes en la familia de mi abuelo, natural de Llanes.





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